Historia

 
Breve reseña histórica
Por el Profesor Marcos Barbero

capilla     ALPA CORRAL es una voz quichua que significa “Corral de tierra”, aunque el uso y la tradición han impuesto la creencia de que significaría “Corral de piedra”, lo cual no se condice con la semántica propia de aquella lengua, que la habría denominado “Rumi Corral”.

LOS PRIMIGENIOS HABITANTES DE LA REGIÓN

    Según los estudios realizados por el Lic. Ulises D’Andrea y la Lic. Beatriz Nores en esa región de las Sierras de Comechingones el territorio fue habitado desde tiempos remotos. Dan testimonio de esa presencia humana los numerosos sitios con arte rupestre –petroglifos y pictografías– y los paraderos pre-cerámicos (del Paleolítico, cazadores-recolectores nómades pedestres, con economía de subsistencia) y agro-alfareros (del Neolítico, agricultores con algo de ganadería –camélidos–, sedentarios y con “economía programada”, conocedores de técnicas de cerámica, textil y del metal).
    Los primeros habitantes indígenas complementaban su economía de caza con la recolección de frutos y semillas, que eran triturados en morteros planos de piedra o conanas, en función de no disponer de alfarería, por lo que son clasificados como pueblos pre-cerámicos. El hallazgo de puntas de lanza en piedra, de forma lanceolada, muestra su integración a un horizonte Ayampitín que se extendió a lo largo de los Andes. Los fechados con Carbono 14 arrojan una antigüedad de 4500–5000 años A.P. (antes del presente), esto es unos 3000 años antes de Cristo.
    Posteriormente fueron aculturados por otros pueblos venidos tal vez del Oeste, esto se infiere de la introducción del arco y la flecha, por hallazgos de puntas más pequeñas. Asimismo, la presencia más abundante de molinos de piedra revela una agricultura incipiente, así como un aumento poblacional. Esas culturas agro-alfareras formarían luego el núcleo fundamental de los pueblos primigenios, los Comechingones. Datos arqueológicos y fechados radiocarbónicos realizados por D’Andrea y Nores señalan la presencia establecida de pueblos Comechingones hacia el año 100 de nuestra Era.
    Según las crónicas de Jerónimo de Bilbar de 1558, los españoles en sus contactos con estos pueblos, los llamaron “Comechingones”, porque cuando iban a pelear tenían por apellido “Comechingón”, que en su lengua quería decir “muera”, o “matar”. Se vestían con mantas pequeñas y camisetas, similares a las usadas en el Perú. En las mangas y ruedos se adornaban con valvas de caracoles y en la cabeza lucían tocados de plumas y cobre que les caían hasta la cintura. Vivían en casas-pozos, de techos bajos y con paredes enterradas en el suelo. Se sabe de poblaciones de 40 casas como máximo. Se organizaban socialmente bajo el modelo del Ayllu, bajo el mando del cacique mayor, y todos pertenecían a una  misma familia, llevando un apellido común. El Ayllu se subdividía en cacicazgos menores que vivían en poblados subordinados.
    Actividad importante en su economía era la crianza de la llama, así como la recolección de la algarroba y el chañar como complemento alimentario de sus cultivos: maíz, maní, quínoa, papa, zapallo, camote y porotos.
    Sus conocimientos textiles se expresan en su arte, así como su dominio de las técnicas metalúrgicas y cerámicas, con las que fabricaron gran variedad de utensilios de uso doméstico, como ollas, vasijas, platos, etc.
    Se trataba de hombres de gran estatura, morenos y barbados, que practicaban la deformación craneana de modo tabular erecto. Iban al combate con el rostro pintado mitad negro y mitad rojo, atacaban de noche y eran bastante belicosos. No utilizaron la ponzoña para sus flechas. Sus muertos eran enterrados debajo del piso de sus viviendas, no en cementerios.
    Su legado más rico es su expresión estética, a través de los petroglifos y pictografías plasmados en la superficie de piedras, en aleros rocosos de las sierras.  En general, su Arte Rupestre representa a la fauna del lugar, a lo que se agregan motivos geométricos indescifrables para nosotros. Ya sea con técnicas de raspado con piedra (petroglifos) o con el uso de pinturas con materiales naturales (pictografías) los Comechingones nos han dejado su visión del mundo hasta el presente, atestiguando la antigua presencia de su cultura en la región.

        Ya en tiempos del arribo de los españoles, hay antecedentes de incursiones ibéricas que pudieron haber establecido los primeros contactos con los pobladores indígenas. En efecto, la expedición del Cap. Francisco César, que remontó en 1528 el cauce del río Carcarañá hacia el Oeste enviado por Gaboto desde Sancti Spiritu; o bien pudieron ser los hombres de la expedición de Diego de Rojas hacia 1544 que, al penetrar en estos grandes territorios en alguna de las excursiones que realizaban en busca de alimentos y otras necesidades, hayan establecido contacto con estos pueblos. Otro antecedente pudo haber sido el derrotero del Cap. Francisco Villagra, que hacia 1551 bajaba desde el Perú y marchaba a Chile, encargado por el adelantado Pedro de Valdivia de atravesar estos territorios costeando la Sierra de Comechingones hasta su declinación al Sur, y desde allí enfilar hacia Cuyo y cruzar los Andes. Finalmente, hacia 1554 la expedición de Francisco de Aguirre –que había fundado Sgo. del Estero y era su Gobernador– mandó relevar los territorios al Sur de aquella ciudad, y se atribuyó el “descubrimiento” de los indígenas Comechingones.
    Pero se reconoce a la expedición del Capitán Lorenzo Suárez de Figueroa el primer contacto real con los pobladores indígenas de la región hacia octubre de 1573, mandado por Jerónimo Luis de Cabrera, fundador de Córdoba. Habría fundado el paraje San Bartolomé  –aledaño a Alpa Corral hacia el Suroeste, sobre las márgenes el río homónimo– el 24 de agosto de 1574, en conmemoración del Santoral correspondiente a su nombre. Estos hombres debían explorar la región del Río Cuarto y sus nacientes, en la provincia indígena de Cochancharava, recorriendo desde el Norte los territorios de Calamuchita.

    Hacia 1617, en un relevamiento y empadronamiento de los indígenas del Río Cuarto, las cifras señalaban sólo 19 indios con sus familias, pertenecientes a las estancias de San Bartolomé, El Tambo y Las Peñas, propiedad de Don Jerónimo Luis de Cabrera II, nieto del fundador de Córdoba. La primera estancia citada, San Bartolomé, se asentó sobre pueblos Comechingones –Calanavira, Tiquinavira, Oniquisnavira, Toltinanavira, Colpanavira, Ospisnavira, Taricanavira, Molonavira, Cantamana y otros. La ínfima cifra de pobladores indígenas relevados en 1617 se explica por las acciones emprendidas contra ellos a raíz de levantamientos y sublevaciones de resistencia a los españoles que se sucedieron en la década de 1580. Fueron sofocados entre 1583 y 1588 en toda la región entre los ríos Cuarto y Quinto, produciendo una gran dispersión de los núcleos que resistieron, quienes debieron soportar, cuando no muerte o huida, prisión y erradicación. Los Comechingones que lograron huir marcharon hacia el Sur, a dominios de los Querandíes, en las inconmensurables llanuras pampeanas, y se mezclaron con éstos adoptando el uso del caballo, pasando a ser conocidos posteriormente como “indios Pampas”.
    Un proceso similar protagonizaron los belicosos Araucanos, quienes cruzaron la Cordillera desde Chile, y una parte de ellos desalojó con violencia a los Pampas de sus territorios, asentándose en Mamuel Mapu (“País del Monte”), siendo conocidos desde entonces como Ranqueles, quienes azotaron con malones la región de frontera del Río Cuarto durante un siglo; sus caciques rubricaron además diversos Tratados de Paz con las inestables autoridades políticas y militares del hombre blanco, en los que actuaron como “mediadores” algunos religiosos franciscanos.

    La primera mención a Alpa Corral en documentos escritos es, según investigaciones de Moyano Aliaga, la que se escribe en el inventario de bienes realizado a la muerte de Don José Gabriel de Echenique. Posteriormente, el Libro de Matrimonios de la Iglesia Catedral de la ciudad de Río Cuarto, en 1818, inscribe a un grupo de personas como “vecinos de Alpa Corral”, y se menciona al aledaño campo La Cocha como “paraje”, mientras que Alpa Corral es designado como “puesto”, esto es, de menor importancia que el primero y con menos población.
    Posteriormente, los documentos indican una serie de transacciones de propiedad unidas a una red de apellidos de quienes fueron los pioneros habitantes de raíz europea de la zona, que fueron delineando con el transcurso de los años la fisonomía y la idiosincrasia de lo que es el poblado. Alpa Corral no fue fundada con el propósito de otras localidades, sino que fue el resultado de un proceso devenido de aquellas transacciones y divisiones de tierras y de los matrimonios que involucraban. Así, D’Andrea y Nores han determinado que Alpa Corral fue heredada por Doña Francisca Almirón, esposa de Don Regis Echenique; a posteriori, sus yernos José Cupertino y Cruz Echenique la vendieron el 21 de octubre de 1855 a Silvestra Arias y a su hijo Wenceslao Claro. Doña Silvestra fue la que dispuso en su testamento de 1876 la donación de tierras (65 varas hacia todos los rumbos) para la Capilla ya existente de Nuestra Sra. del Tránsito, con fecha exacta de fundación incierta, posiblemente hacia 1850. En ese contexto, Doña Silvestra Arias es considerada la fundadora espiritual del pueblo.

    La población había ido en aumento, a tal punto que el Censo de 1840 contabilizaba unos 500 habitantes en la zona, mientras que la cercana Río Cuarto arrojaba entonces 1250; este dato censal evidencia una relativa importancia poblacional y económica de la zona serrana en la época.
    Hacia fines del siglo XIX, la estancia de Alpa Corral se dividió entre los hijos de Wenceslao Claro y se fraccionó entre las familias Echenique, Claro y De la Torre.
En 1890 fue demolida la vieja Capilla, para dar paso al nuevo templo erigido, fundado el 24 de julio de 1892, que conservó el mismo nombre. La nueva Iglesia fue bendecida el 21 de abril de 1895 por el entonces Obispo de Córdoba, Dr. Uladislao Castellano. En 1900 fue provista de dos campanas que fueron traídas desde Génova, Italia, adquiridas con el esfuerzo de los vecinos.
    Alpa Corral tuvo su primer educador a partir de la llegada de un joven y culto maestro procedente de Jujuy, Desiderio Tejerina, en 1870. Éste se conchabó sólo por la comida, trabajando como peón de barraca en el almacén de Santiago Chanique. Cuando los vecinos advirtieron sus saberes, le confiaron la educación de sus hijos, y así surgió un 1º de julio de 1871 la primera escuela de Alpa Corral con su primer maestro. Se trataba entonces de una comunidad dispersa, nucleada sólo alrededor de la Capilla, un almacén y cuatro casas; la mayoría de los pobladores se asentaban sobre las sierras, en puestos, dedicados a las tareas de una vida de tipo rural. Por ello, es de suponer que el enclave inicial de la escuela debió estar ubicado más bien para el lado de la sierra, acorde además con el trazado de los caminos más usados en ese tiempo. Desiderio Tejerina fue también constructor, y edificó la actual Capilla. Se casó con Doña Clotilde Zabala y formaron una gran familia cuyos descendientes permanecen hasta nuestros días en el pueblo.

    Durante los años subsiguientes, Alpa Corral ha ido progresivamente delineando su perfil orientado al Turismo, que ha impulsado la inversión y el establecimiento de casas y fincas de veraneo por parte de numerosos contingentes que la visitan procedentes de todos los rincones del país. En efecto, sus atributos naturales convierten a Alpa Corral en un lugar para el retiro y el descanso, el esparcimiento y la diversión. No obstante, ha sido el objeto de esta breve reseña poner en conocimiento de todo aquel visitante de Alpa Corral su historia, la etapa reconocida oficialmente de ella, la que está documentada en registros, como así también su fase primera, más desconocida y enigmática, la protagonizada por los habitantes primigenios, aquellos que eran los dueños de la tierra, culturas ágrafas que no dispusieron de una escritura como la nuestra, pero que dejaron para las generaciones futuras sus huellas en la piedra, en sus herramientas y utensilios, como testimonio de un grito antiguo que nos habla con voz silenciada, para hacernos tomar conciencia y valorar nuestro patrimonio cultural, que los incluye.

   Vaya desde esta página nuestro modesto reconocimiento para todos los que forjaron la realidad que percibimos hoy tal cual es, en la cabal conciencia de que no fue fácil ni gratuito. Porque, como su eslogan lo indica: “Conocer Alpa Corral es volver”, y es también volver la mirada a lo profundo de nuestras raíces.





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Fuente:
D’Andrea, Ulises y Nores, Beatriz: “Alpa Corral: sus orígenes y su Historia”. Ed. Copiar. Río Cuarto. 2004