ALPA CORRAL es una voz quichua que significa “Corral de
tierra”, aunque el uso y la tradición han impuesto la creencia
de
que significaría “Corral de piedra”, lo cual no se condice con
la
semántica propia de aquella lengua, que la habría
denominado
“Rumi Corral”.
LOS PRIMIGENIOS HABITANTES DE LA REGIÓN
Según los estudios realizados por el Lic.
Ulises
D’Andrea y la Lic. Beatriz Nores en esa región de las Sierras de
Comechingones
el territorio fue habitado desde tiempos remotos. Dan testimonio de esa
presencia
humana los numerosos sitios con arte rupestre –petroglifos y
pictografías–
y los paraderos pre-cerámicos (del Paleolítico,
cazadores-recolectores
nómades pedestres, con economía de subsistencia) y
agro-alfareros
(del Neolítico, agricultores con algo de ganadería
–camélidos–,
sedentarios y con “economía programada”, conocedores de
técnicas
de cerámica, textil y del metal).
Los primeros habitantes indígenas
complementaban
su economía de caza con la recolección de frutos y
semillas,
que eran triturados en morteros planos de piedra o conanas, en
función
de no disponer de alfarería, por lo que son clasificados como
pueblos
pre-cerámicos. El hallazgo de puntas de lanza en piedra, de
forma
lanceolada, muestra su integración a un horizonte
Ayampitín
que se extendió a lo largo de los Andes. Los fechados con
Carbono
14 arrojan una antigüedad de 4500–5000 años A.P. (antes del
presente),
esto es unos 3000 años antes de Cristo.
Posteriormente fueron aculturados por otros pueblos
venidos
tal vez del Oeste, esto se infiere de la introducción del arco y
la
flecha, por hallazgos de puntas más pequeñas. Asimismo,
la
presencia más abundante de molinos de piedra revela una
agricultura
incipiente, así como un aumento poblacional. Esas culturas
agro-alfareras
formarían luego el núcleo fundamental de los pueblos
primigenios,
los Comechingones. Datos arqueológicos y fechados
radiocarbónicos
realizados por D’Andrea y Nores señalan la presencia establecida
de
pueblos Comechingones hacia el año 100 de nuestra Era.
Según las crónicas de Jerónimo
de
Bilbar de 1558, los españoles en sus contactos con estos
pueblos,
los llamaron “Comechingones”, porque cuando iban a pelear tenían
por
apellido “Comechingón”, que en su lengua quería decir
“muera”,
o “matar”. Se vestían con mantas pequeñas y camisetas,
similares
a las usadas en el Perú. En las mangas y ruedos se adornaban con
valvas
de caracoles y en la cabeza lucían tocados de plumas y cobre que
les
caían hasta la cintura. Vivían en casas-pozos, de techos
bajos
y con paredes enterradas en el suelo. Se sabe de poblaciones de 40
casas
como máximo. Se organizaban socialmente bajo el modelo del
Ayllu,
bajo el mando del cacique mayor, y todos pertenecían a una
misma
familia, llevando un apellido común. El Ayllu se
subdividía
en cacicazgos menores que vivían en poblados subordinados.
Actividad importante en su economía era la
crianza
de la llama, así como la recolección de la algarroba y el
chañar
como complemento alimentario de sus cultivos: maíz, maní,
quínoa,
papa, zapallo, camote y porotos.
Sus conocimientos textiles se expresan en su arte,
así
como su dominio de las técnicas metalúrgicas y
cerámicas,
con las que fabricaron gran variedad de utensilios de uso
doméstico,
como ollas, vasijas, platos, etc.
Se trataba de hombres de gran estatura, morenos y
barbados,
que practicaban la deformación craneana de modo tabular erecto.
Iban
al combate con el rostro pintado mitad negro y mitad rojo, atacaban de
noche
y eran bastante belicosos. No utilizaron la ponzoña para sus
flechas.
Sus muertos eran enterrados debajo del piso de sus viviendas, no en
cementerios.
Su legado más rico es su expresión
estética,
a través de los petroglifos y pictografías plasmados en
la
superficie de piedras, en aleros rocosos de las sierras. En
general,
su Arte Rupestre representa a la fauna del lugar, a lo que se agregan
motivos
geométricos indescifrables para nosotros. Ya sea con
técnicas
de raspado con piedra (petroglifos) o con el uso de pinturas con
materiales
naturales (pictografías) los Comechingones nos han dejado su
visión
del mundo hasta el presente, atestiguando la antigua presencia de su
cultura
en la región.
Ya en tiempos del arribo de
los
españoles, hay antecedentes de incursiones ibéricas que
pudieron
haber establecido los primeros contactos con los pobladores
indígenas.
En efecto, la expedición del Cap. Francisco César, que
remontó
en 1528 el cauce del río Carcarañá hacia el Oeste
enviado
por Gaboto desde Sancti Spiritu; o bien pudieron ser los hombres de la
expedición
de Diego de Rojas hacia 1544 que, al penetrar en estos grandes
territorios
en alguna de las excursiones que realizaban en busca de alimentos y
otras
necesidades, hayan establecido contacto con estos pueblos. Otro
antecedente
pudo haber sido el derrotero del Cap. Francisco Villagra, que hacia
1551
bajaba desde el Perú y marchaba a Chile, encargado por el
adelantado
Pedro de Valdivia de atravesar estos territorios costeando la Sierra de
Comechingones
hasta su declinación al Sur, y desde allí enfilar hacia
Cuyo
y cruzar los Andes. Finalmente, hacia 1554 la expedición de
Francisco
de Aguirre –que había fundado Sgo. del Estero y era su
Gobernador–
mandó relevar los territorios al Sur de aquella ciudad, y se
atribuyó
el “descubrimiento” de los indígenas Comechingones.
Pero se reconoce a la expedición del
Capitán
Lorenzo Suárez de Figueroa el primer contacto real con los
pobladores
indígenas de la región hacia octubre de 1573, mandado por
Jerónimo
Luis de Cabrera, fundador de Córdoba. Habría fundado el
paraje
San Bartolomé –aledaño a Alpa Corral hacia el
Suroeste,
sobre las márgenes el río homónimo– el 24 de
agosto
de 1574, en conmemoración del Santoral correspondiente a su
nombre.
Estos hombres debían explorar la región del Río
Cuarto
y sus nacientes, en la provincia indígena de Cochancharava,
recorriendo
desde el Norte los territorios de Calamuchita.
Hacia 1617, en un relevamiento y empadronamiento de
los
indígenas del Río Cuarto, las cifras señalaban
sólo
19 indios con sus familias, pertenecientes a las estancias de San
Bartolomé,
El Tambo y Las Peñas, propiedad de Don Jerónimo Luis de
Cabrera
II, nieto del fundador de Córdoba. La primera estancia citada,
San
Bartolomé, se asentó sobre pueblos Comechingones
–Calanavira,
Tiquinavira, Oniquisnavira, Toltinanavira, Colpanavira, Ospisnavira,
Taricanavira,
Molonavira, Cantamana y otros. La ínfima cifra de pobladores
indígenas
relevados en 1617 se explica por las acciones emprendidas contra ellos
a
raíz de levantamientos y sublevaciones de resistencia a los
españoles
que se sucedieron en la década de 1580. Fueron sofocados entre
1583
y 1588 en toda la región entre los ríos Cuarto y Quinto,
produciendo
una gran dispersión de los núcleos que resistieron,
quienes
debieron soportar, cuando no muerte o huida, prisión y
erradicación.
Los Comechingones que lograron huir marcharon hacia el Sur, a dominios
de
los Querandíes, en las inconmensurables llanuras pampeanas, y se
mezclaron
con éstos adoptando el uso del caballo, pasando a ser conocidos
posteriormente
como “indios Pampas”.
Un proceso similar protagonizaron los belicosos
Araucanos,
quienes cruzaron la Cordillera desde Chile, y una parte de ellos
desalojó
con violencia a los Pampas de sus territorios, asentándose en
Mamuel
Mapu (“País del Monte”), siendo conocidos desde entonces como
Ranqueles,
quienes azotaron con malones la región de frontera del
Río
Cuarto durante un siglo; sus caciques rubricaron además diversos
Tratados
de Paz con las inestables autoridades políticas y militares del
hombre
blanco, en los que actuaron como “mediadores” algunos religiosos
franciscanos.
La primera mención a Alpa Corral en
documentos
escritos es, según investigaciones de Moyano Aliaga, la que se
escribe
en el inventario de bienes realizado a la muerte de Don José
Gabriel
de Echenique. Posteriormente, el Libro de Matrimonios de la Iglesia
Catedral
de la ciudad de Río Cuarto, en 1818, inscribe a un grupo de
personas
como “vecinos de Alpa Corral”, y se menciona al aledaño campo La
Cocha
como “paraje”, mientras que Alpa Corral es designado como “puesto”,
esto
es, de menor importancia que el primero y con menos población.
Posteriormente, los documentos indican una serie de
transacciones
de propiedad unidas a una red de apellidos de quienes fueron los
pioneros
habitantes de raíz europea de la zona, que fueron delineando con
el
transcurso de los años la fisonomía y la idiosincrasia de
lo
que es el poblado. Alpa Corral no fue fundada con el propósito
de
otras localidades, sino que fue el resultado de un proceso devenido de
aquellas
transacciones y divisiones de tierras y de los matrimonios que
involucraban.
Así, D’Andrea y Nores han determinado que Alpa Corral fue
heredada
por Doña Francisca Almirón, esposa de Don Regis
Echenique;
a posteriori, sus yernos José Cupertino y Cruz Echenique la
vendieron
el 21 de octubre de 1855 a Silvestra Arias y a su hijo Wenceslao Claro.
Doña
Silvestra fue la que dispuso en su testamento de 1876 la
donación
de tierras (65 varas hacia todos los rumbos) para la Capilla ya
existente
de Nuestra Sra. del Tránsito, con fecha exacta de
fundación
incierta, posiblemente hacia 1850. En ese contexto, Doña
Silvestra
Arias es considerada la fundadora espiritual del pueblo.
La población había ido en aumento, a
tal
punto que el Censo de 1840 contabilizaba unos 500 habitantes en la
zona,
mientras que la cercana Río Cuarto arrojaba entonces 1250; este
dato
censal evidencia una relativa importancia poblacional y
económica
de la zona serrana en la época.
Hacia fines del siglo XIX, la estancia de Alpa
Corral
se dividió entre los hijos de Wenceslao Claro y se
fraccionó
entre las familias Echenique, Claro y De la Torre.
En 1890 fue demolida la vieja Capilla, para dar paso al nuevo templo
erigido,
fundado el 24 de julio de 1892, que conservó el mismo nombre. La
nueva
Iglesia fue bendecida el 21 de abril de 1895 por el entonces Obispo de
Córdoba,
Dr. Uladislao Castellano. En 1900 fue provista de dos campanas que
fueron
traídas desde Génova, Italia, adquiridas con el esfuerzo
de
los vecinos.
Alpa Corral tuvo su primer educador a partir de la
llegada
de un joven y culto maestro procedente de Jujuy, Desiderio Tejerina, en
1870.
Éste se conchabó sólo por la comida, trabajando
como
peón de barraca en el almacén de Santiago Chanique.
Cuando
los vecinos advirtieron sus saberes, le confiaron la educación
de
sus hijos, y así surgió un 1º de julio de 1871 la
primera
escuela de Alpa Corral con su primer maestro. Se trataba entonces de
una
comunidad dispersa, nucleada sólo alrededor de la Capilla, un
almacén
y cuatro casas; la mayoría de los pobladores se asentaban sobre
las
sierras, en puestos, dedicados a las tareas de una vida de tipo rural.
Por
ello, es de suponer que el enclave inicial de la escuela debió
estar
ubicado más bien para el lado de la sierra, acorde además
con
el trazado de los caminos más usados en ese tiempo. Desiderio
Tejerina
fue también constructor, y edificó la actual Capilla. Se
casó
con Doña Clotilde Zabala y formaron una gran familia cuyos
descendientes
permanecen hasta nuestros días en el pueblo.
Durante los años subsiguientes, Alpa Corral
ha
ido progresivamente delineando su perfil orientado al Turismo, que ha
impulsado
la inversión y el establecimiento de casas y fincas de veraneo
por
parte de numerosos contingentes que la visitan procedentes de todos los
rincones
del país. En efecto, sus atributos naturales convierten a Alpa
Corral
en un lugar para el retiro y el descanso, el esparcimiento y la
diversión.
No obstante, ha sido el objeto de esta breve reseña poner en
conocimiento
de todo aquel visitante de Alpa Corral su historia, la etapa reconocida
oficialmente
de ella, la que está documentada en registros, como así
también
su fase primera, más desconocida y enigmática, la
protagonizada
por los habitantes primigenios, aquellos que eran los dueños de
la
tierra, culturas ágrafas que no dispusieron de una escritura
como
la nuestra, pero que dejaron para las generaciones futuras sus huellas
en
la piedra, en sus herramientas y utensilios, como testimonio de un
grito
antiguo que nos habla con voz silenciada, para hacernos tomar
conciencia
y valorar nuestro patrimonio cultural, que los incluye.
Vaya desde esta página nuestro modesto
reconocimiento
para todos los que forjaron la realidad que percibimos hoy tal cual es,
en
la cabal conciencia de que no fue fácil ni gratuito. Porque,
como
su eslogan lo indica: “Conocer Alpa Corral es volver”, y es
también
volver la mirada a lo profundo de nuestras raíces.
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Fuente:
D’Andrea, Ulises y Nores, Beatriz: “Alpa Corral: sus orígenes y
su
Historia”. Ed. Copiar. Río Cuarto. 2004
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